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>> Envío
especial para los suscriptores argentinos
medios alternativos y organismos de solidaridad.
SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa
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"Desde nuestra experiencia sostenemos que el mayor contrapeso
de las
propuestas articuladoras no son los desarrollos desparejos, ni las
distancias,
ni los recursos, ni las diferencias políticas, sino nuestras
cabezas fragmentadas
que son incapaces de ver un sujeto transformador por fuera de la
extensión
de nosotros mismos".
De "Nuestra experiencia como COPA, Coordinadora de Organizaciones
Populares Autónomas".
La Plata, agosto 2003
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Amigas, amigos,
En los últimos meses, especialmente a partir del comienzo
de la gestión de gobierno de Néstor Kirchner, dá
la impresión de que muchos ciudadanos están tratando
de reorientarse en el mapa político y social del país.
Varias de las medidas iniciales de Kirchner sorprendieron y todavía
no han sido digeridas por una parte importante de la población.
Muchas de ellas se corresponden con antiguas demandas populares,
pero las experiencias pasadas fundamentan un prudente recelo a la
espera de los próximos pasos confirmen ese rumbo. También
las diversas convocatorias electorales en cascada muestran que hay
amplios sectores indecisos sobre participar o no, y en caso de hacerlo,
tampoco tienen claro su voto. Por su parte, se mantiene la ralentización
de los procesos asamblearios aunque con algunos nuevos espacios
de debate ajustados a la nueva realidad.
En Argentina nunca se abandonó la búsqueda de salidas
a las continuas crisis, a los sucesivos desengaños.
Pero la sensación es que esa búsqueda es hoy más
colectiva y mas abierta a nuevas propuestas, nuevos caminos.
Es por eso que compartimos este diálogo con Horacio Tarcus.
Habrá quienes acuerden con sus reflexiones.
Otros habrán de atrincherarse en su cliché particular.
Pero es seguro que su lectura no dejará indiferentes.
Carlos,
SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa.
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>> Tarcus y las elecciones
"La izquierda tiene el cerebro oprimido por el pasado".
Horacio Tarcus, director del Centro de Documentación e Investigación
de la Cultura de Izquierda (CEDINCI) analiza las últimas
elecciones porteñas y la participación de la izquierda.
Cree que "el éxito de Zamora es proporcional a su vacío
político" y le encuentra puntos de contacto con el voto
a Macri. Sobre el resto de la izquierda, dice: "Fue más
gente a escuchar a Fidel que lo que recolectaron en las urnas."
Considera que la izquierda "embrutece los conflictos sociales"
al empujarlos a situaciones imposibles, en lugar de buscar soluciones
reales. Reconoce la voluntad de los militantes, pero sigue sin encontrar
una izquierda "pluralista, democrática, inteligente,
que recupere el sentido común". Un análisis polémico
sobre el presente y el futuro.
Horacio Tarcus acaba de ganar la beca Guggenheim con el proyecto
de elaborar un diccionario biográfico de la izquierda argentina.
Su meta es terminarlo en un año. Antes de iniciar esa enorme
y meticulosa tarea, se tomó un tiempo para analizar qué
significó el tercer puesto de Luis Zamora y la pésima
elección de la izquierda tradicional en las elecciones porteñas.
El director del Centro de Documentación e Investigación
de la Cultura de Izquierda (CEDINCI), la biblioteca más importante
sobre socialismo, anarquismo y marxismo que existe en el país,
conoce el paño como pocos y aceptó este diálogo
en el que -también meticulosamente- no deja militante con
cabeza.
-¿En estas elecciones le llegó el "que se vayan
todos" a la izquierda?
-Creo que en parte se mantiene abierta la crisis de representatividad
que estalló en diciembre de 2001. Ya no hay la efervescencia
social, ni el movimiento de asambleas que se suscitó entonces,
pero el tercio de ciudadanos que no fue el domingo a votar habla
de que aquello sigue existiendo. Puede ser que para algunos no era
imprescindible votar en esta instancia, y sí lo harán
en la segunda vuelta. También que una parte del ausentismo
se deba a la falta de depuración de los padrones, pero lo
cierto es que el índice de ausencia fue más alto que
el esperado. Y también diría que parte del voto a
Macri y del voto a Zamora puede expresar a sectores inmersos en
esa crisis de representatividad.
-¿No fueron votos ideológicos?
-No. Por supuesto que no. Se dieron dos cosas: por un lado la virtual
licuación de los grandes partidos, el peronismo y el radicalismo.
Por otro lado, hubo una desideologización de la política,
expresada en el voto que va a veces a la centro izquierda o a la
centro derecha pero no por cuestiones ideológicas. Los discursos
de los candidatos, de forma más o menos consciente, expresan
esto. Que Zamora insista en que no es de izquierda es una expresión
equívoca, porque él no elaboró un discurso
teórico de la post-izquierda. Entonces, cuando alguien que
es una figura emblemática de la izquierda dice que no es
de izquierda, invita a la confusión. Se está moviendo
sin un sostén teórico sólido, sin una estructura
partidaria que lo sostenga, sin un campo de debate. En cambio, se
mueve mucho con el diálogo con la gente. Suele responder
a las preguntas de los periodistas diciendo: "El otro día
me paró un señor en la calle y me dijo...". Por
un lado eso es bueno porque habla de una persona que está
dispuesta a escuchar a la sociedad, pero tiene un riesgo, además
del riesgo narcisista y personalista: que el discurso se vaya acomodando
a las demandas de las personas que lo votan. Con Macri pasó
algo parecido, tampoco se admite como un representante de la derecha.
-Y ahora Macri convoca a Zamora. ¿Es mero oportunismo, como
le dijo Zamora, o expresan algún valor común? ¿El
hecho de que los dos se muestren como ajenos a la corporación
política los hace ver como parecidos por alguna parte del
electorado?
-Creo que se lo puede leer como un síntoma de un trasvasamiento
posible. ¿Por qué no? Si hay ciertos acuerdos básicos
sobre la transparencia, la democracia, el acto de servicio. Hay
un margen de votantes de Zamora que puede votar por Macri o un candidato
más a la derecha. La crisis de representatividad tiene potencialidades
que pueden ser extraordinarias pero también puede haber otras
que son terribles.
-¿Qué valores encarna Zamora que pueden ser atractivos
para un ciudadano de derecha?
-Zamora construyó este apoyo electoral sobre la base de una
imagen de honestidad, de transparencia, de confianza, de estar fuera
de los negocios y, de algún modo, también había
logrado colocarse por fuera de las internas de la izquierda. Su
salida silenciosa y no ostentosa del MST le permitió volver
a emerger como una figura independiente, crítica, que escuchaba
a los vecinos y que aparece públicamente por demanda de la
propia gente: "La gente lo impulsó". Ahí
hay un punto de contacto con Macri: un empresario que estaba tranquilo,
en su casa, con su familia, y es llamado a prestar servicio a la
sociedad. Hay contacto en esa personalización de la política.
Y el votante, cada vez elige más por este tipo de imágenes,
de identidades, y no por líneas políticas o programas.
Se vota una cabeza y ahí vienen los demás. Nadie sabe
quiénes son los ocho legisladores que ingresan con Zamora.
Ni siquiera los que seguimos de manera más profesional la
vida de la política y de la izquierda.
-En un momento donde no se le perdona nada a la clase política,
¿por qué Zamora no tuvo costos electorales por haber
dividido su bloque, por haber revertido su posición de no
presentarse a elecciones y por haberse abstenido de votar por la
anulación de la Obediencia Debida y el Punto Final?
-Tiene que ver con la misma despolitización que mencionaba.
Un típico candidato izquierdista se hubiese visto en la obligación
de argumentar ampliamente sobre esto, de escribir, de discutir.
Él aprendió a moverse como un político mediático,
a no hablar de esto aún cuando le pasaban la factura en el
mismo debate entre candidatos. Lo sacó fuera de la agenda.
Siguió postulando su imagen, la plebiscitó, sigue
construyendo con eso. Y toda esta discusión quedó
en el terreno más político-ideológico, entre
quienes están al tanto de este tipo de debates. En realidad,
yo diría que en el tema de las leyes se abstuvo porque aplicó
la lógica de la vieja izquierda trotskista de la cual proviene.
Argumentó que él había presentado una ley más
completa, que la había redactado antes, dando a entender
que Patricia Walsh se había apropiado de su ley, que hubo
una negociación a la que a él no invitaron. Es una
argumentación pobre, sectaria. Su lógica política
sigue siendo la del viejo izquierdista, pero hay una gran habilidad
para aparecer como una figura mediática, desideologizada,
honesta. Pero no tiene ninguna propuesta para hacer. Su propuesta
es: "nosotros vamos a hacer lo que la gente quiera hacer, lo
que la gene decida". Las propuestas del MAS en los 80, eran
exactamente lo mismo. Pero es casi una paradoja de Russell. Porque
vos también sos parte de la asamblea. ¿Qué
le proponés a la asamblea, qué quisieras? ¿Que
la asamblea vote cualquier cosa? La masa puede ser sumamente voluble.
Aún las grandes dictaduras tuvieron apoyos de masas. Esta
postura tiene dos problemas. Por un lado el costado demagógico
y, por el otro, que es una forma muy hábil y mediática
de esconder que no se tiene qué proponer. El éxito
de Zamora es proporcional a su vacío político. La
gente no lo sancionó porque creo que esto se ha naturalizado.
-¿Y por qué se sancionó a los partidos de la
izquierda tradicional?
-Excepto Patricio Echegaray, mantuvieron su vieja identidad ideológica,
política y organizativa. El número de votos que obtuvieron
es inferior a la gente que movilizan. Va más gente a escuchar
a Fidel que lo que recolectaron en las urnas. Esas estructuras ya
no organizan, no comunican. ¿Zamora es la solución?
Si se trata de meter personas de izquierda en la legislatura o en
el parlamento, es un éxito. Pero me parece que es otra vez
como la experiencia del MAS en los 80, un gigante con pies de barro.
Los partidos tradicionales de izquierda no tienen crecimiento, esos
viejos militantes de izquierda se van muriendo y sus hijos no continúan
esa pauta de comportamiento. Diría que esto, si no tiene
un techo político, tiene un techo biológico... Esa
izquierda está condenada a la desaparición. Yo creo
que el éxito de Zamora se debe a que se corrió de
esa franja y le habla al ciudadano común, en términos
democráticos, con un vago discurso autogestionario.
-¿Por qué marca una excepción con Patricio
Echegaray?
-Echegaray lleva a cabo una gestión muy curiosa, vinculándose
a los grupos de militantes que promovieron la Ley de Unión
Civil. En principio resultó muy llamativo que el comunismo,
un partido con una estructura tan tradicionalista en cuanto a la
sexualidad y la vida cotidiana, un partido tradicionalmente antifeminista,
antiminorías sexuales, con una ideología patriarcal,
consiga un diputado y ese diputado se vincule a a feministas, a
transexuales... Me parece importante señalarlo y ver todo
lo que tiene de positivo. Lo curioso es que este tipo de políticas
no tengan correlato con estructuras, pensamientos y programas de
organización política. Uno no sabe si es una iniciativa
personal de un diputado, cosa rara en un partido tan centralista
y jerarquizado como el Partido Comunista. Sin atreverme a decir
que se trata de una política oportunista, porque la verdad
es que el giro es bastante grande, lo que no se ve es congruencia.
-Ese giro tampoco se tradujo en votos. Echegaray quedó afuera.
-Es verdad. Me parece que ese giro no tuvo gran visibilidad. Y para
el electorado tradicional del Partido Comunista , por lo menos para
gran parte, debe ser un horror. Mientras que para los más
jóvenes, que ven esto positivamente y lo alientan, votar
a las viejas estructuras no tiene demasiado sentido. Es solo una
pequeña brecha, una pequeña lucecita que uno ve en
una estructura muy antigua. Solo le podría sumar votos en
otros sectores que no lo visibilizan.
-¿La izquierda tiene vocación de crecimiento? ¿O
la conquista del poder es una cuestión retórica?
-Hace muchos años que es retórica. Incluso, en términos
históricos. El Partido Comunista Argentino la última
vez que habrá soñado con tomar el poder fue en los
años 20. Después, se transformó en un grupo
de apoyo de los intereses soviéticos en la Argentina. A lo
sumo había una intención a formar parte de gobiernos
de coalición donde el comunismo podría acceder a algún
ministerio o representación parlamentaria. Distinto es la
izquierda de los años '60 o '70, ahí sí hay
vocación de poder. El trotskimo hace décadas que la
perdió. En el MAS hubo una especie de imaginario insurreccionalista
a destiempo, bastante trasnochado. El MAS se derrumbó por
esa distancia que había entre ese imaginario insurreccionalista
y la realidad. Se derrumbó y se partió en mil pedazos.
Hoy hay como una especie de interna trotskista, donde cada una de
las fracciones en las que se dividió el MAS y el Partido
Obrero pretenden mostrarse como el camino más correcto de
la reconstrucción del verdadero partido de masas. Eso es
imposible para el mundo de hoy. Al inicio del siglo XXI, comunismo
y trotskismo no quieren decir nada, son realidades del siglo XX
totalmente superadas. Me parece que a la izquierda tradicional,
Zamora la desconcierta porque demuestra una fórmula exitosa,
desembarazándose del trotskismo, de la izquierda. Esto incomoda
a la izquierda porque le demuestra que es posible un crecimiento.
¿Pero crecimiento a qué precio? Al precio de un gran
vacío, de ser un síntoma más de la crisis de
representatividad.
-¿No hay otro camino que el vacío político
o la fórmulas dogmáticas y arcaicas?
-Ese es el gran dilema y apuesto a que haya otro camino. Pero no
veo en este momento, ni siquiera en forma incipiente, la corriente
política que comience a acumular en este sentido. Hay muchos
que no sabemos qué votar, dónde poner una cantidad
de energía militante y vocación política y
social. Entre el vacío político de Zamora y el dogmatismo
congelado en el tiempo, ¿no es posible construir una izquierda
seria, democrática, pluralista, crítica, inteligente,
que recupere el sentido común? Es un espacio vacante y no
se vislumbra que vaya a surgir por reformulación de los partidos
tradicionales.
-¿Se equivocó o acertó Zamora al no aceptar
aliarse con la Izquierda Unida?
-Desde su lógica de acumulación, acertó claramente.
Desde el punto de vista de la recomposición de la izquierda
se podría decir que se perdió una oportunidad, como
dijo Vilma Ripoll al día siguiente a las elecciones. Pero
yo creo que las alianzas electorales entre grupos de estas características
tienen un techo muy bajo. Uno podría decir que la experiencia
de Izquierda Unida es mejor que nada. Pero no hay voluntad de construir
espacios frentistas reales. Son partidos que se unen electoralmente
pero siguen jugando una pulseada interna. No necesariamente tienen
políticas comunes en el frente de militancia. Esto tiene
una larga tradición, desde el FREPU en el 85. Aquí
los frentes son más paródicos que reales y una sumatoria
de sectarismos puede formar un sectarismo gigante. La lógica
misma por la que están construidas estas organizaciones,
la matriz leninista de pensar la política que tienen tanto
el Partido Comunista como las organizaciones trotskistas choca con
la idea de un frente. Una izquierda que hace de su diferencia con
el grupo de al lado su punto de honor, es difícil que esté
dispuesta a luchar codo a codo con otras corrientes. Tienen una
lógica de permanente diferenciación y difícilmente
puedan hacer un frente, porque ya bastante le cuesta sostener su
propia organización del riesgo de la división permanente.
-¿A qué se debe esa necesidad de diferenciarse con
tanta vehemencia?
-Es una mezcla de cosas. Estas organizaciones necesitan autoreproducirse
a toda costa. Los tipos que hoy se siguen definiendo como comunistas,
trotskistas, maoístas, tienen una carga sobre sus espaldas
gigantesca. Son como los últimos depositarios de una tradición
que se ha muerto en casi todo el mundo, los últimos mohicanos
de una batalla que se perdió. Hoy el mundo es otra cosa y
si bien siempre hay luchas sociales y políticas, tienen otra
forma, otros sujetos y otra simbología. Creo que estos tipos
están sosteniendo una mochila tan pesada, una identidad tan
rígida que -como decía el viejo Marx- les oprime el
cerebro. Es el pasado el que les oprime el cerebro. Dentro de esa
lógica hay una suerte de disputa imaginaria de un patrimonio
y un poder igualmente imaginarios. Disputan una herencia que ya
no existe, ya no hay nada por cobrar.
-La izquierda estuvo más presente en todas las luchas sociales
después del 19 y 20 pero eso tampoco se tradujo en votos
¿Por qué?
-Por un lado hay que reconocer esa voluntad militante que los ennoblece:
van, ponen el cuerpo cuando les pegan, el esfuerzo, los pocos recursos
que tienen, van presos... Pero al mismo tiempo esa lógica
política de fracturar los movimientos los lleva a una intervención
muy exterior, muy desde afuera. Es una lógica que se termina
mostrándose improductiva, mezquina e impotente para los propios
actores sociales del conflicto, salvo en aquellos casos que son
ganados por las organizaciones. Porque la lógica es intervenir
el conflicto, tratar de dirigirlo y ganar la mayor cantidad de dirigentes
para, dentro de esa pulseada de la izquierda, decir en su periódico
implícita o explícitamente: "nosotros controlamos
este conflicto". Además cuando la lógica de los
propios actores del conflicto intenta una solución negociada,
lo más digna posible dada la relación de fuerzas,
la izquierda suele intervenir forzando el conflicto y llevándolo
hasta una situación imposible. Creo que esto le hace un enorme
daño al conflicto social.
-¿Cómo se evidencia ese daño?
-Le hace un enorme daño no entender que siempre hay una relación
de fuerza y que los conflictos no se pueden sostener durante un
tiempo muy largo. Es necesario negociar en el momento de la mejor
relación de fuerza, y negociar conquistas. Después
hay que volver a una cierta normalidad, para volver a la lucha cuando
se recuperen fuerzas y se esté en mejores condiciones. La
lucha del conflicto permanente, que dura semanas, meses, años,
la pueden sostener los aparatos pero no los sujetos sociales. Las
personas necesitan trabajar, vivir, volver a sus casas. Los únicos
que viven en conflicto las 24 horas, en asamblea permanente, en
la puerta de la fábrica, en vigilia, son los activistas profesionales.
Una izquierda que le tiene horror a la palabra negociación
muy difícilmente pueda llevar adelante un conflicto. Porque
lo impulsa y se sacrifica en el momento heroico de la lucha, pero
imposibilita la negociación. Teniendo en cuenta la derrota
que se vive, en el retroceso en que estamos, con la desocupación
que tenemos, en la crisis que vivimos, se necesitan conflictos que
se resuelvan positivamente. Aunque no se consiga el cien por ciento
de las conquistas. Hoy los trabajadores no necesitan derrotas heroicas
sino victorias parciales. Pero los generales de esta izquierda son
los generales de las derrotas heroicas. Yo tengo más confianza
en la sensatez de los sujetos sociales que están dentro de
los conflictos que en las líneas que bajan las organizaciones.
Cuando las organizaciones políticas capturan a un dirigente,
la sensatez de ese dirigente, su experiencia, su credibilidad, su
sentido de la solidaridad, se ven mediatizados por esta influencia.
En vez de politizarlo, lo que hace es aislarlo de sus compañeros.
En ese sentido, la intervención de la izquierda es negativa.
Pongo en la balanza las dos cosas: ponen el cuerpo heroicamente,
se bancan la cana, la represión; pero embrutecen el conflicto.
-La izquierda dice que lo esclarece
-No lo esclarece. Cada uno de estos grupos quiere hacer un emblema
de la lucha parcial y cuando este movimiento es derrotado van a
hacer la lucha a otro lado. Van los mismos militantes a otro conflicto,
hoy se plantan en la puerta de una fábrica y mañana
van a otra,. Pero ahí quedan los sujetos sociales. A mi me
interesa una izquierda que logre avanzar sobre seguro y ayude a
reconstruir a los sujetos sociales en cada conflicto. Que crezca,
en todo caso, como resultado de esa construcción. No sobre
la base de la captura de los dirigentes.
-Pero si uno habla con los militantes de izquierda dicen que no
se trata de captura, sino de construcción, de crecimiento
político de los sujetos sociales.
-Una cosa es que un grupo de izquierda intervenga en una asamblea,
que es totalmente legítimo, aportando su experiencia, prácticas,
habilidades que el ciudadano que participa por primera vez no tiene:
capacidad oratoria, conocimiento para imprimir volantes, distribuirlos.
Creo en una izquierda que se pone al servicio de la ciudadanía.
Una izquierda que reconozca la crisis de la que se viene. Sobre
la base de ese reconocimiento, debe socializar lo que se tiene para
aportar. Otra cosa es hacer uso de esos saberes, habilidades, experiencias
para controlar asambleas. Si el diagnóstico es que se viene
de una derrota muy grande, de una crisis de identidad programática,
teórica, y se intenta contribuir a una nueva cultura política
es distinto. Más que captar, hay que hacer un nuevo tipo
de dirigente, no profesional. La izquierda podría promover
una construcción social de participación y liderazgo
colectivo.
-¿Para esta nueva izquierda el instrumento seguirá
siendo el partido?
-Para nada. La forma está por inventarse, seguramente se
apropiará de ciertas formas de los partidos, de formas más
movimientistas y más moleculares. Sin duda, no tendrá
la identidad rígida de la izquierda del siglo XX.
Fuente: LaVaca.org
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11 de setiembre de 2003
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