SERPAL
12 de febrero de 2003

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* Envío de SERPAL 211 - 03

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( de una viñeta del humorista español "El Roto" )
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>> Crónicas de la pre-guerra de agresión ( II )
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Amigas, amigos,

El impulso belicista no se detiene. Ni siquiera las múltiples complicaciones diplomáticas, las resistencias de algunos países "de peso"
en sumarse a las tesis de Bush, ni la expresión creciente de rechazo de la opinión pública en muchas partes del mundo, han variado la decisión - evidentemente tomada hace ya tiempo - de agredir militarmente a Irak, y ocupar el país por la fuerza.
Por eso, continuamos con nuestras crónicas, que pretenden aportar informaciones y textos sobre el tema.

El próximo sábado, las calles de las principales ciudades del mundo serán un río de pueblo expresando su rechazo a la guerra de agresión que preparan Bush y sus acólitos. Continuaremos.

Un abrazo, Carlos,
Redacción de SERPAL.

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>> ¿ Inevitable ?
Luchy Núñez

El sofisma "la guerra contra Irak es inevitable" ha hecho su labor de zapa incluso entre los detractores a la invasión iraquí. Sus reflexiones, impecablemente argumentadas, de acuerdo con su profesión, aportan casi siempre un trasfondo de la i-ne-vi-ta-bi-li-dad. Felipe González concluía no hace mucho un escrito con un "Veremos, ¡ y pronto !, guerra en Irak". En el seminario "Guerra y paz en el siglo XXI", celebrado en Pedralbes, el sociólogo Manuel Castell veía inevitable un ataque de EE.UU. contra Irak porque "desde la perspectiva norteamericana no sería democrático que el presidente Bush no decidiera atacar Irak". Gregorio Peces-Barba (El País, 10-1-03), en su erudito artículo sobre los déspotas, entre los que incluye a Bush, da la impresión de que espera los aplausos de sus alumnos cuando escribe: "Hechos tan incómodos, serios y graves como éste, deben exceder de las frágiles paredes de la Academia y llegar al menos a la Moncloa y a la carrera de San Jerónimo". El premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, advierte que por "dondequiera que miremos, los efectos económicos de la guerra con Irak no serán buenos, ya que los mercados aborrecen la incertidumbre y la volatilidad". Zapatero lanza soflamitas del tipo de "en ningún caso caben reacciones unilaterales ni ataques preventivos". (Aquí remito a Máximo: "El unilateralismo es monstruoso. Pero el multilateralismo, ¿legitima la monstruosidad?") (sic). El cardenal Rouco matizó en la Conferencia Episcopal que "Una guerra calificada de preventiva no es éticamente aceptable desde el punto de vista de la misión católica. Es muy difícil que en una guerra preventiva queden íntegros y salvados todos los bienes de las personas que están en juego". (¿Es que hay guerras éticamente aceptables, su Eminencia?). Hasta ¡El Roto! se resigna junto a un cerebro lleno de anfractuosidades reflexionando que "La guerra es una patología mental intermitente".

Sí, parece ser que los intelectuales, artistas, filósofos y periodistas son contrarios a la guerra. Pero no es suficiente declararse en contra de la guerra. Hay que condenarla. Y no ya condenarla, ¡hay que impedirla! El mundo está demasiado mal. ¡Impidamos esta guerra! La advertencia de Bush "Se está con nosotros o con el enemigo", propia de un kaiser oligofrénico, y la aseveración químicamente perversa del diabólico Colin Powell, "Hablar con el mal no funciona. El poder duro es lo único que funciona" nos deberían traer al fresco a todos, !a todo el mundo!, porque a estas alturas ha quedado demostrado que los servicios de inteligencia americanos son una eme y que los halcones del Pentágono y de la Casa Blanca son fantasmas, muñecos de papel que se filman mientras garrapatean sobre sus mapas. Y respecto a sus adláteres, los ocho gorrioncillos europeos, (a la cabeza el de La Moncloa) que firman la carta de adhesión a los EE.UU., deberíamos tirarnos por el suelo de risa. Y después de estar al fresco por los de allá y de patearnos de risa por los de aquí, pararnos en seco, y echar a andar. Primero un pie, después el otro y el otro. Echar a andar como los chavales de rastas, piercings, aerosoles y mochilas, y acampar allá, en el corazón de lo árabe, para exigir una solución diplomática como, ¡toma incoherencia!, están llevando a cabo con Corea del Norte.
¡Impedir la guerra! Esta es la ocasión histórica, porque el clamor en contra de la guerra es casi unánime entre los pueblos de Europa. Porque, en este tramo, los políticos van por un lado y los ciudadanos por otro, como nunca había sucedido.

Impidamos la guerra con la repugnancia que da imaginar miembros tajados chorreando babaza sanguinolenta por el secarral. Con la fuerza que da pensar en las mujeres embarazadas, en los recién nacidos, en las pandillas de jóvenes, en los viejos aculados en el resol de la tarde. Con la refuria que da pensar en el carpintero, el albañil, el cartero, la mercera, que oyen un silbido extraño y, cuando quieren darse cuenta, sus cuerpos han estallado en dos. Con la impotencia que da saber que un fogonazo ha espurriado las entrañas de una enfermera por el estucado del dispensario. Con la amargura que se siente por una familia reunida alrededor de la mesa que salta por los aires y baja al suelo en una lluvia de ceniza. Con el espanto de imaginar las enucleaciones que un rayo lejanísimo, milimétricamente calculado, efectuará sobre rostros viejos, fatigados de mirar; y sobre caras jóvenes, ávidas de mirar; y sobre la piel de criaturas que aún lo tienen todo por ver. Porque la guerra no es una violación de los derechos humanos ni deportaciones ni ejecuciones sumarias, que también; no es la conculcación de los derechos establecidos ni la destrucción total del enemigo, que también; no es las bajas del contingente civil ni las bajas en los ejércitos invadidos o invasores, que también. La guerra de verdad de la buena es la evisceración, la quemadura, la desolladura, el dolor sangrante de corazones, huesos, tripas y venas. Cuerpos en las cafeterías, jirones de carne en el asfalto, landrecillas colgando de los plátanos urbanos. Es el temblor convulsivo de las vísceras y los nervios humanos despedazados entre los cascotes que las cámaras nos ocultarán. Es el estertor de la garganta agónica separada de su cabeza y de su cuerpo. Es latidos, amores, hipotecas, ilusiones, risas, mentiras, canciones, proyectos, suspiros cortados a cercén. Y gritos, gritos, gritos. Esa es la guerra, señor Aznar, la guerra con la que usted se siente comprometido. Apréndala, píensela, huélala, suéñela. Úntese los dedos, embadúrnese la conciencia, presidente.

Desde el fenómeno brasilero Lula, la palabra altermundialización está sustituyendo a la de globalización, quizá porque posee connotaciones más esperanzadoras. "Otro mundo es posible". Tommy Franks, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas americanas en Oriente Medio, declaró completamente convencido, casi místico, (será por eso que la operación que lidera se llama Mirada Interior) que "Esta es la primera guerra del siglo XXI, de ahí la importancia de la coalición que hemos creado para llevarla a cabo. La mayor que el mundo ha conocido". ¿Y por qué no le hacemos comprender a ese halcón del Pentágono que otro mundo es posible, que otra coalición es posible? Una coalición antibélica: la invasión en el Golfo Pérsico de miles y miles de ciudadanos democráticos, pacifistas, que demuestren al papanatas de Camp Davis que ni pincha ni corta, que ni se está con él ni contra él, sino por la paz. Y que, de paso, se entere el papanatillo de la Moncloa que no nos da la repajolera gana de que se utilicen las bases de Rota y de Morón para la guerra. ! Que no queremos la guerra, hombre !

Hay gestos, de por sí, bellos y valientes. Uno de ellos fue el de Almodóvar en los Ángeles, cuando dedicó su Globo de Oro a quienes luchan por la paz y a los que no tienen miedo de decirlo. En el reparto de los premios Goya, exclamaciones de actores y directores como "Nunca máis guerra" o el comentario "Ese señor bajito, si quiere petróleo que vaya a Galicia, no tiene más que cogerlo", refiriéndose a Aznar, arrancaron el aplauso unánime del público. Sin embargo, lo que necesitamos ahora es masa, estadios de personas, tropas de civiles, ejércitos de salvación y unos cuantos líderes. Un Gandhi por nación es cuanto haría falta. ¿Se le ocurre a alguien otra manera de abortar este terrorismo atroz de los Estados? Concluyo mi artículo plagiando a Edward Said, profesor palestino de literatura comparada: "Espero que alguien me esté escuchando".

Fuente: "Diari de Tarragona" / por Luchy Núñez ( escritora )

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12 de febrero de 2003.

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