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* Envío de
SERPAL 224 - 03
"La gente siempre puede ser llevada a obedecer las órdenes
de los líderes.
Todo lo que hay que decirle es que está siendo atacada y
denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por poner
al país en peligro. Esto funciona en cualquier país."
(Cita del discurso del jefe del aparato de propaganda del partido
nazi Hermann Goering durante su juicio en Nuremberg.)
Amigas, amigos,
Estos últimos días han sido intensos en las múltiples
expresiones de rechazo a la invasión y ataque contra Irak.
Diariamente se han realizado en Catalunya manifestaciones, actos,
concentraciones, espectáculos, caceroladas y hasta una consulta
popular organizada por redes ciudadanas y la plataforma "Paremos
la guerra". Esta última se continúa realizando
en diversas localidades con participación masiva. En las
casi cien mil papeletas ya escrutadas ( Barcelona y otras poblaciones),
un 98 % de los votantes se pronunció en contra del ataque
a Irak y casi un 84 % cree que el gobierno de Aznar debe dimitir
por su actuación en este conflicto.
Quienes hacemos SERPAL estamos participando en todas estas actividades,
y eso explica que nuestros envíos no tengan la frecuencia
que es habitual. En éste, compartimos un análisis
de Caterina García sobre el proceso de expansión y
control imperial iniciado por el gobierno de los Estados Unidos.
Un abrazo, Carlos,
Redacción de SERPAL.
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>> CRÓNICAS DE LA GUERRA DE AGRESIÓN
( I I )
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>> MÁS IMPERIO, MENOS SOBERANÍA
o EEUU dinamita el principio de igualdad entre los estados
nacido en Westfalia en 1648
Caterina García *
Hace 12 días, Estados Unidos
y sus aliados iniciaron la ofensiva militar contra Irak para acabar
con el régimen de Sadam Husein. Porque --a pesar de las múltiples
causas e intereses que se hayan tras esa agresión-- éste
fue el principal objetivo del ataque proclamado por el presidente
George Bush a la vuelta de la cumbre de las Azores: tal como nos
explicaban las primeras informaciones, el dictador iraquí
fue el objetivo concreto al que apuntaron los primeros misiles.
La exigencia del cambio de régimen
en Irak por parte de Estados Unidos y su decisión de lograrlo
recurriendo al uso de la fuerza son el reflejo de un diseño
imperial que conlleva consecuencias de extrema gravedad para la
sociedad internacional contemporánea. Los planteamientos
político-ideológicos en que se basa implican no sólo
el fin del sistema internacional creado a partir de la segunda guerra
mundial sino que, además, dinamitan los principios del sistema
interestatal que rigen desde el siglo XVII.
Abierta la vía del unilateralismo
Destruir el sistema internacional entra
dentro de los cálculos políticos de Estados Unidos.
No es un error. Lo sabe: declarar la guerra a Irak en las condiciones
en las que se ha hecho es contrario al ordenamiento jurídico
internacional contemporáneo y es cerrar la vía del
multilateralismo. Una vez consolidado su estatus de hegemón,
sin rival alguno en el horizonte de la posguerra fría, está
decido a sostenerlo: Estados Unidos sabe que cuenta con capacidades
militares superiores a cualquier otro país y tiene intenciones
de seguir manteniendo esa distancia.
Por otra parte, la Administración
republicana estadounidense, dispuesta a emplear su poder imperial,
amparándose en la amenaza terrorista y autojustificándose
en los ataques del 11-S, ha abierto definitivamente la vía
al unilateralismo. No descarta contar con sus aliados cuando sea
posible pero, tal como reza la Estrategia de Seguridad Nacional
(septiembre del 2002): "(EEUU) no dudará en actuar en
solitario si es necesario para defender el interés nacional
y la seguridad". Las últimas semanas han demostrado
que el recurso a la diplomacia multilateral ha sido un simple juego
para reducir los costes políticos, y quizá económicos,
del unilateralismo. Un juego cuyo resultado no era definitivo para
las decisiones estadounidenses.
Pero, tal como decíamos, la superpotencia
hegemónica está decidida a más, está
decidida a subvertir los cimientos del orden internacional cuestionando
incluso el principio de soberanía, base del sistema de estados
desde 1648. Desde la paz de Westfalia, el sistema de estados se
ha articulado sobre el principio jurídico de igualdad soberana
de los estados. La soberanía no se identifica con el poder.
El sistema interestatal ha estado y está formado por entidades
políticas jurídicamente iguales aunque con grandes
asimetrías de poder. Es un sistema en el que los más
poderosos han ejercido su influencia sobre los menos poderosos e
incluso les han condicionado el ejercicio de sus derechos soberanos.
Estas actuaciones --a veces inevitables y otras consentidas por
los miembros del sistema--, resultado, en todo caso, del ejercicio
del poder, eran consideradas violaciones de la soberanía,
precisamente porque el principio organizativo del sistema seguía
inalterado. Ya no es así.
Ya no serán iguales jurídicamente
Ahora la superpotencia está decidida
a iniciar la construcción imperial de un sistema que elimina
la soberanía como atributo que hace jurídicamente
iguales a los estados. Como advierte el profesor estadounidense
John Ikenberry (La ambición imperial de Estados Unidos, Foreign
Affairs, otoño-invierno del 2002), en el nuevo sistema concebido
por Estados Unidos la soberanía tendrá límites
y esos límites serán impuestos unilateralmente por
la superpotencia imperial. Su situación hegemónica
le permite plantear un diseño en que esta acción limitadora
sea de alcance global y ya no tenga nada que ver con las antiguas
áreas de influencia en las que las grandes potencias se otorgaban
el poder de limitar el ejercicio de la soberanía de otros
estados menos poderosos. Otro elemento novedoso e importante de
este diseño es que ni siquiera hará falta que los
estados realicen actuaciones que vayan más allá de
los límites de la soberanía: la superpotencia podrá
actuar preventivamente, en bases a previsiones que no necesitará
demostrar.
Un cambio de sistema
Así, en el sistema interestatal
coexistirán diferentes soberanías (algo incompatible
con la idea misma de soberanía): soberanía absoluta
para la superpotencia imperial y soberanías relativas --condicionadas
al cumplimiento de las normas impuestas por aquélla-- para
el resto.
El problema es que la soberanía no admite límites
ni es una cuestión de cantidad: no se puede ser más
o menos soberano, ni puede haber estados que decidan que otros pierdan
la soberanía porque no actuan conforme a sus intereses. Si
deja de admitirse la igualdad soberana de los estados y se condiciona
su corolario, el principio de no intervención, a la voluntad
de la superpotencia los cambios en el sistema de posguerra fría
quedarán atrás y estaremos realmente ante un cambio
de sistema. El ataque contra Irak ya encaja en este diseño.
Avanzamos hacia el sistema imperial.
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* Caterina García es profesora de Relaciones Internacionales
de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Fuente: "El Periódico" - Barcelona.
SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa.
serpal@wanadoo.es
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e-mail: serpal@wanadoo.es
2 de abril de 2003.
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