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* Envío
de SERPAL 279 - 04
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Yo canto la diferencia
que hay de lo cierto a lo falso
de lo contrario no canto.
Violeta Parra
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Amigas, amigos,
Tras el barullo provocado por sectores de la oposición agrupados
en la llamada "Coalición Democrática", las
aguas parecen volver lentamente a su cauce. No porque todos acepten
convencidos la realidad del recuento de los votos del referéndum
revocatorio, del dictamen de los observadores y del reconocimiento
internacional, incluido a regañadientes, el de la propia
Casa Blanca.
Hay quienes prefieren seguir argumentando conspiraciones diabólicas
y manipulaciones informáticas. Pero cada una de esas fundamentaciones
han ido diluyéndose ante la lógica y la certeza de
que Chávez -una vez más - obtuvo más votos
que la oposición.
Los que se aferraron a la posibilidad que les otorgaba la propia
Constitución Bolivariana, creyeron que la sola convocatoria
del referéndum era una garantía de victoria. "Vote
y Chávez se vá". Los venezolanos votaron, y lo
hicieron con una participación extraordinaria. Pero los resultados
no fueron los que esperaba la oposición. Chávez se
queda por decisión mayoritaria.
Los días siguientes al 15 de agosto, los debates fueron intensos
y en muchos casos descalificadores. Ahora que hay más disposición
para reflexionar, creemos que es interesante leer las notas de un
observador internacional en el referéndum. Ese observador
es Juan Carlos Monedero, profesor de Ciencias Políticas de
la Universidad Complutense de Madrid.
Cordialmente,
Carlos.
SERPAL , Servicio de Prensa Alternativa.
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Notas de un Observador Internacional
en el referendo "revocatorio"
>> VENEZUELA:
REVOCADORES REVOCADOS
Por Juan Carlos Monedero
Madrid (España) - 3 de septiembre de 2004
Un vacío debajo del
fantasma
Cuando los cansados observadores internacionales
verificamos desde Filas de Mariche, en Caracas, la madrugada del
sábado 21 de agosto que el resultado de las 150 urnas auditadas
confirmaba los resultados proclamados por el Consejo Nacional Electoral
la noche de las elecciones, ya se había hecho cansino el
soniquete ruidoso, monótono y vacío que agitaba la
dirigencia opositora, desbocada hacia una estrategia antisistema
que desconocía la victoria del oficialismo en una suicida
huida hacia delante. Junto a la Coordinara Democrática, y
pese a la inexistencia de pruebas contrastables, los medios de comunicación
privados siguieron haciendo llamados crispados a no aceptar el resultado
del referéndum, a tomar la calle por la fuerza, a conseguir
por vías violentas la salida del Presidente Chávez
del Gobierno. Desmontadas una a una las denuncias de fraude, volvían
a la carga con otras similares en una espiral interminable. Desde
Miami, el ex presidente Carlos Andrés Pérez pedía
una intervención armada y, una vez más, la Plaza Francia
de Altamira de Caracas se convirtió en bastión de
la oposición al chavismo, tomada por unos centenares de vecinos
convencidos de que les habían robado las elecciones porque
no podían entender que hay otra Venezuela que no se refleja
en ellos. La oposición exigió una última auditoria
para terminar no acudiendo a ella. El Centro Carter, héroe
durante la recogida de firmas para el revocatorio, cuando demostró
su comprensión ante las irregularidades cometidas por los
opositores, se transformaba ahora en el villano de una película
de buenos y malos sin personajes consistentes. Desde la vocería
de la oposición, no dejaba de chirriar que se pasara del
amor al odio tan deprisa. Demasiadas opiniones incompatibles en
tan poco tiempo. Y al final, como suele ocurrir cuando pretendes
ocultar un vacío con una sábana, lo que termina resultando
es un fantasma.
El estruendoso ruido de los tambores de guerra mediáticos
hacía creer al televidente extranjero que poco más
allá de la habitación de su hotel el país ardía
en llamas. Pero apenas se registraron casos de violencia durante
la jornada electoral. Resultaba sorprendente la calma que, pese
a la enorme polarización política y las interminables
colas, presidió el día y la noche en la que se mantuvieron
abiertos los colegios. Diez millones de venezolanas y venezolanos
estaban convocados a votar y lo hicieron en un porcentaje histórico.
En la parte oscura, la muerte de Maritza Ron, abatida por balas
de tres partidarios del chavismo que concentraron en la Plaza de
Altamira todo su odio histórico. También, aunque los
medios de comunicación lo silenciaron, cayeron Juan Páez
de 20 años y Alfredo Salazar, de 18, muertos por disparos
de francotiradores contra caravanas chavistas que celebraban la
victoria del No en los barrios pobres de Caricuao y Carapita. L
os que mataron a Maritza fueron inmediatamente detenidos después
de un gran despliegue informativo. De los asesinos de Juan y Alfredo
no hay rastro y ni las televisiones ni los periódicos han
puesto interés en esclarecer los hechos. Para los medios
venezolanos, sólo las clases acomodadas ameritan una portada.
Algunos observadores coincidimos con Maritza en el avión
que nos llevaba desde Madrid a Caracas. Volaba convencida del triunfo
del sí. "Por fin las aguas van a volver a su cauce en
Venezuela", nos dijo, marcada por un fuerte agravio sobre el
que no preguntamos. Su opinión era la dominante en el avión
que nos llevaba al país caribeño. Ni una sola voz
de las muchas consultadas manifestó su intención de
votar por el Presidente Chávez. Sin embargo, en Caracas,
nos bastó ir un par de estaciones de metro más allá
de Capitolio, Bellas Artes o la Hoyada para escuchar y ver una Venezuela
tan irreal en su pobreza como viva en sus expectativas, la misma
que se bañaría el domingo en una marea de camisetas,
gorras y banderas rojas salidas de las colmenas de los cerros y
que acompañaron al triunfo del Gobierno. Un júbilo
que se reserva en Europa para festejar la victoria del equipo local
en los campeonatos deportivos.
Como errados hombres del tiempo empeñados en anunciar inminentes
tormentas bajo cielos despejados, la dirigencia opositora y los
medios de comunicación privados hacían suya la consigna
revolucionaria de comienzos del siglo XX y gritaban fiat justitia
pereat mundi, recordando que la weberiana ética de la responsabilidad
parece sólo valer cuando se está en el Gobierno. Su
certeza, como ya habían demostrado durante el golpe, el paro
patronal o la lucha callejera, era que Venezuela podía hundirse
si ellos no la gobernaban. Ética de las convicciones que
hacían valer los que no tenían nada más que
perder que sus cadenas pero que se convierte en dolosa irresponsabilidad
en boca de otros que, para su tranquilidad, se saben en apenas un
par de horas en los seguros cuarteles de Miami.
Que cualquiera tiempo pasado no fue mejor
Pasadas las cuatro de la madrugada del lunes 16 de agosto, el Presidente
Chávez resumió desde el "balcón del pueblo"
del Palacio de Miraflores la nueva que la dirigencia opositora aún
no ha entendido: "la V República es para siempre".
Los miles de personas que escuchaban bajo una recia lluvia a su
Presidente se saben portadores de una conciencia ciudadana que nunca
antes tuvieron y que, por eso, ahora defienden con pasión
revolucionaria. La inclusión de los que nunca fueron admitidos,
como ocurrió con la ciudadanía en Europa desde la
Revolución Francesa, viene siempre para quedarse mientras
exista base social movilizada. ¿Lucha de clases, como insiste
la oposición? Los revolucionarios de ayer llevaban la bomba
en el morral y el agravio en el pecho. Hoy, en Venezuela, los nuevos
revolucionarios, en su mayoría del color de la tierra, llevan
en sus bolsillos de pobres una Constitución que blanden a
cada momento con firmeza. Un texto mágico para co njurar
la rueda del tiempo de los que imaginan una marcha atrás
al paraíso de los privilegios. Convengamos que se puede llamar
lucha de clases sólo si también vale el concepto para
explicar las condiciones que han hecho invisible a ese 80% de habitantes
de América Latina durante siglos.
Con la victoria de Chávez en 1998 emergieron nuevas realidades
en Venezuela que nunca habían tenido expresión política.
De ahí que hoy malconvivan tres países en el mismo
suelo. Uno, el más visible, lo representan los líderes
de la oposición, agrandados por los medios de comunicación
privados, y que son la gran influencia para los venezolanos que
viven en el extranjero; otro país es el del oficialismo,
donde la sintonía entre el gobierno, el ejército y
la mayoría de la población es enorme, en una amalgama
que sorprende a los observadores europeos, especialmente españoles,
acostumbrados a un ejército dedicado históricamente
a la represión interna. Por último, está la
Venezuela de los votantes del Sí en el referéndum,
cuatro millones, donde se encuentra una parte sustancial de las
clases medias, huérfanos ante una dirigencia que no termina
de entender que el pasado no va a regresar nunca. Pero les faltan
mimbres ideológicos comunes. El cemento qu e unía
a la variopinta oposición se basaba en el odio visceral a
Chávez. Con el enésimo fracaso, la cúpula de
la Coordinadora Democrática sabe que su hora ha pasado y
no duda en pretender hundir un barco que ya no pueden capitanear.
Resulta difícil explicarse el
caudal político dilapidado por la oposición al no
aceptar el resultado de las elecciones: tres millones novecientos
mil papeletas con el Si, el 41 % de los votantes, respaldaban cualquier
oferta política de futuro ¿No era acaso una fuente
excepcional para encarar los comicios de noviembre próximo
y las presidenciales de 2006? Las mociones de censura, aun cuando
se presentan desde posiciones perdedoras, sirven casi siempre para
situar al derrotado en posiciones fuertes de salida. Pero la oposición,
como le ocurrió a la derecha española cuando llegó
la democracia, no parece entenderse a sí misma fuera del
poder. El privilegio, cuando se pierde, prima a la indignación
antes que a la inteligencia.
Las denuncias de fraude realizadas desde televisiones, radio y periódicos
deberán estudiarse en los laboratorios de manipulación
mediática. Ninguna denuncia fue presentada ante los organismos
correspondientes (su evidente falsedad hubiera hecho incurrir en
un delito a los que las presentaban) sino que fueron jaleadas a
cinco columnas en los periódicos y presentadas en las televisiones
acompañadas de música de fondo de película
de terror (a tales niveles grotescos han llegado los medios en Venezuela).
Los observadores escuchamos consternados que habían aparecido
papeletas de voto en la calle y que, con toda certeza, procedían
de una urna robada. Quedaba así demostrado que la custodia
de los votos por el ejército formaba parte del fraude. Mal
empezaba el día después. Cuando pudimos ver las papeletas,
unas docenas, descubrimos con sorpresa de novatos que no eran sino
parte del ejercicio con el que se habían probado previamente
las máquinas de voto. En ellas aparecía una pregunta
muy comprometida: "¿Cree usted que la cachapa es mejor
que la arepa?" Los que gritaron indignados agitando las supuestas
papeletas de voto delante de cámaras y reporteros, al igual
que los medios que dieron cobertura a esa denuncia deben muchas
explicaciones al pueblo venezolano y a la comunidad internacional
que los creyó. Explicaciones que nunca llegan a los venezolanos
en el extranjero. ¿Seguirán creyendo que aquellas
papeletas procedían de una urna robada?
Algo similar ocurrió con quienes decían que habían
votado Si mientras que la papeleta emitida por la máquina
habría registrado No. Fueron paseados por emisoras y cadenas
anunciando el fraude, para después, delante de las autoridades
del CNE reconocer que, o bien se habían equivocado o bien
habían mentido. Y otrosí con la denuncia de que había
un tope en las máquinas, de manera que, al llegar a un número
de votos del Sí empezaban a contabilizarse como Noes. Además
de la imposibilidad material de cometer ese fraude (han sido las
elecciones con mayores controles que ningún observador recordaba),
ni la oposición ni los observadores internacionales encontramos
ninguna anomalía en las auditorías previas, en las
intermedias y en las finales. Por último, los resultados
idénticos obtenidos tanto para el Sí como para el
No en diferentes lugares eran estadísticamente consistentes
para Mesas constituidas con el mismo número de electores
y sólo dos opciones de voto (sí y no). Como señal
de mala fe, hay que añadir que también se disponía
de la tendencia marcada por el conteo manual de casi un millón
de votos correspondiente a sitios donde no había máquinas
de recuento. Ahí, la victoria del No sobre el Sí era
aún mayor: 30 puntos. Algo ignorado por oposición
y medios, pues en ese recuento no cabía manipulación
informática de ningún tipo.
Finalmente, una pregunta quedaba sin respuesta ¿por qué
la oposición no planteó todas sus objeciones antes
del proceso y no solamente una vez que el resultado le resultó
adverso? Parece que algunos sólo están dispuestos
a respetar los semáforos si siempre los encuentran verdes
cuando cruzan.
El amigo americano
"Nos ha abandonado Bush", rezaba la semana posterior al
referéndum un titular del diario El nuevo país. "El
Centro Carter y la OEA nos han dejado solos", se quejaban dirigentes
opositores ante numerosos medios de comunicación. El mismo
ex Presidente Carter que había forzado al Gobierno a aceptar
como válidas firmas más que dudosas en la convocatoria
del referéndum, ahora pasaba a ser el enemigo. Y donde ayer
se dijo por parte de la oposición que sólo se aceptaría
el resultado del referéndum si lo avalaba esa parte concreta
de la observación electoral, ahora se acusaba al precio del
petróleo de la traición de los norteamericanos. Los
norteamericanos los habían acostumbrado a un apoyo ciego
y generoso. Ahora, cuando más falta hacía el apoyo
del Norte, el Gobierno de Bush se dejaba influenciar por la crisis
petrolera y dejaba caer a una oposición desacostumbrada a
operar por sí misma. ¿Abandono norteamericano? Algo
de razón tenía la queja opositora.
Las últimas administraciones norteamericanas, especialmente
en el caso de Bush, habían manifestado una profunda hostilidad
ante Chávez, lo que les había llevado a su vez a apoyar
sin fisuras a la oposición representada por la Coordinador
Democrática. La doctrina del ataque preventivo dejó
sus secuelas en Venezuela, arrastrando a ella a cancillerías
como la española (recordemos que fueron los Embajadores estadounidense
y español quienes recibieron al Presidente golpista Carmona
en abril de 2002). Si bien es cierto que España no tenía
agravios que presentar a Venezuela, para la administración
norteamericana el comportamiento de Chávez era inadmisible.
Inadmisible que el gobierno venezolano exigiera reciprocidad a los
Estados Unidos para sobrevolar el espacio aéreo nacional;
inadmisibles las críticas al ALCA, al igual que los intentos
de recrear otras alianzas regionales sin el vecino del Norte (recordemos,
desde Europa, la hostilidad manifestada por la administración
norteamericana a la implantación del euro). E inadmisibles
las críticas venezolanas a la militarización del conflicto
colombiano impulsada por los Estados Unidos. Como si todo esto no
bastara, tras colaborar en la reactivación de la OPEP, los
últimos esfuerzos del Gobierno de Chávez han ido encaminados
a la puesta en marcha de varias plataformas regionales latinoamericanas
para aunar esfuerzos en la comercialización de petróleo
y gas en los mercados internacionales. El baúl de las impertinencias
estaba colmado. No en vano, el inquietantemente astuto Samuel Huntington,
tras regalarle al mundo la construcción ideológica
del peligro árabe en "El choque de civilizaciones",
recientemente ha publicado "¿Quiénes somos?"
(editorial Paidós, 2004), recordando a quien quiera oír
que el nuevo peligro es latino y que está prácticamente
en casa. ¿No está lleno el eje del mal de potenciales
lectores de Bolivar y Don Quijote?
Pese a tanta animadversión, los observadores del Centro Carter,
de la OEA y los propios Estados Unidos aceptaron los resultados
del referéndum, siempre después de haber mostrado
su disgusto con la Venezuela chavista y hacer recomendaciones de
buen comportamiento. ¿Hay alguna lógica detrás?
Dos sólidas razones desaconsejaban negar el resultado del
referéndum: primero, la evidencia de que Chávez había
ganado con dos millones de votos de ventaja, algo que se sabía
bien tanto por encuestas previas como por los sondeos a pie de urna
realizados por diferentes organismos y empresas; segundo, que con
esa diferencia y con una base social favorable al Presidente muy
activa, desconocer el resultado situaría al quinto productor
de petróleo del mundo en una situación de gran incertidumbre.
Las complicaciones políticas en Rusia, la demanda china de
petróleo y, principalmente, la guerra de Iraq desaconsejaron
a unos Estados Unidos beligerantes contra Chávez e l mantener
su profunda confrontación. Con el barril de petróleo
habiendo roto la barrera de los cuarenta dólares, el resultado
del referéndum tenía que asumirse. Que lo aceptado
coincidiera con la realidad era anecdótico, aunque algunos
observadores, acostumbrados a interpretar abusivamente los deseos
de la administración norteamericana, pretendieron pactar
un resultado más ajustado que dejase en mejor lugar a la
oposición. Interpretaciones del principio de soberanía
¿Acaso han sido los Estados Unidos escrupulosos con esas
cosas cuando se trata de su patio trasero?
Por eso, la mejor observación
internacional es la que no es necesaria. Y si, pese a todo, debe
existir, sólo será creíble si es plural. De
lo contrario, puede ocurrir lo mismo que con las agencias internacionales
de calificación de riesgo-país. No son sino empresas
privadas donde sus aciertos y sus errores se miden por baremos diferentes
a la justicia, la equidad o la imparcialidad. Los burros pueden
hacer sonar la flauta de vez en cuando, pero, después de
leer muchas veces el cuento, sabemos que eso ocurre sólo
por casualidad.
Venezuela: de la premodernidad a la postmodernidad
Con el triunfo del No en el revocatorio, el Presidente Chávez
ha ganado ocho elecciones de carácter general. Ocho elecciones
seguidas. Pese a eso, son muchas las puertas que se han mantenido
cerradas en Europa a este proceso. Detrás, críticas
aceradas a Chávez de populismo, militarismo y golpismo, que
contrastarían con las liberales y educadas maneras y formas
europeas de las élites políticas y sindicales venezolanas,
con excelentes relaciones con los partidos y sindicatos del viejo
continente. El hecho de que esa élite sea responsable de
condenar al 80% de la población de Venezuela a la miseria
no ha servido para que las cancillerías europeas escuchen
las razones de la V República o, al menos, sospechen de los
representantes eternos de la IV. Desde España, algunos sectores
de la socialdemocracia, incapaces de reconstruir sus esquemas, alimentaron
en los primeros momentos la sospecha de fraude jaleada por la oposición.
La vieja historia de Amér ica Latina pesa demasiado en una
vieja Europa a la que nunca le llamó la atención que
no llegaran de Venezuela políticos, empresarios, sindicalistas,
profesores o becarios que no fueran blancos. La madrastra patria
sólo quiere a los hijos sobre los que se proyecta.
En consonancia con la construcción de variados ejes del mal,
una pregunta ha dominado el escenario político de la oposición:
la transformación de Venezuela en una imitación de
La Habana. ¿Es real el peligro de cubanización de
Venezuela? Dejando de lado que a nadie parece interesar la colombianización
de Argentina, Bolivia o Ecuador o la brasileñización
(polarización social) de todo el continente como riesgos
más extremos, esta acusación apenas puede entenderse
sino como otro intento más de sembrar miedo ante el proceso
de ciudadanización que vive el país. En primer lugar,
porque Venezuela es un país petrolero en donde la propiedad
privada no está en cuestión. En segundo lugar, no
puede ignorarse que mientras que Cuba es un producto de la guerra
fría, Venezuela es el resultado del agravamiento de las políticas
neoliberales a partir de los años ochenta. No pueden compararse
peras con melocotones.
Es el carácter petrolero de Venezuela el que permitió
que surgiera dentro del ejército un sector de izquierda no
implicado en la represión, norma en otros países donde
la dominación sólo podía conseguirse a golpe
de fusil. De hecho, el chavismo proviene de la represión
militar durante el caracazo de 1989, donde murieron, bajo el gobierno
socialdemócrata de Carlos Andrés Pérez, al
menos 3000 personas que habían bajado a Caracas desde los
ranchitos a asaltar los supermercados en busca de comida. El intento
de golpe de Chávez de 1992, al igual que el levantamiento
zapatista de 1994 se articulan una vez desaparecida la Unión
Soviética. En ese momento, se trataba ya de una izquierda
que había aprendido de los errores del socialismo real y
que no se dejaba influenciar por las estrategias caducas de la guerra
fría. Mientras la oposición se convierte en estatua
de sal que vuelve el rostro hacia el pasado, las nuevas transformaciones
en América Latina h an hecho cierta la exigencia del sociólogo
portugués Boaventura de Sousa Santos: no desperdiciar la
experiencia. Mientras Cuba está condenada a la modernidad,
especialmente por culpa del bloqueo que sufre la isla desde hace
décadas, la Venezuela chavista está abriendo sendas
en esa posmodernidad crítica que, con la proa del Foro Social
Mundial, ha dejado de decir que otro mundo es posible para empezara
articularlo.
De ahí que coincidan en lo que se conoce como chavismo al
menos tres elementos, amalgamados en la necesidad de un liderazgo
que responde a la amenaza de involución de los sectores más
beligerantes del pasado. Esta mixtura ideológica está
compuesta por una suerte de nacionalismo proveniente de una relectura
abierta del pensamiento de Bolivar (donde el antiimperialismo español
ha sido sustituido por el antiimperialismo norteamericano), por
un socialismo que apuesta fuertemente por la organización
de base en la articulación de la redistribución de
la renta, y por un indigenismo que recupera las raíces del
país perdidas durante siglos de dominación de las
élites blancas. Es este sentido, forma parte de esa respuesta
multicultural que está atravesando América Latina
y que se verifica en las situaciones de transición en México,
Bolivia, Argentina, Brasil, Ecuador o Perú.
El chavismo no nace de la nada, sino que es la concreción
de movimientos de larga data en Venezuela. Por eso que el fuerte
liderazgo de Chávez no se asume acríticamente por
el movimiento social que hay detrás, sino que forma parte
de la situación extra-ordinaria vinculada a la virulencia
de la oposición. La normalización de la actividad
opositora traerá consigo necesariamente la normalización
del actual liderazgo, orientándose hacia cauces más
institucionales. La principal baza de ese chavismo que denosta la
oposición es precisamente la irracional oposición
a Chávez y a lo que representa de la Coordinadora Democrática.
Pero no se trata de un ejercicio de ideología o propaganda
hueca. Uno de los elementos esenciales para la victoria del No en
el referéndum revocatorio han sido las misiones, programas
populares de alfabetización, escolarización, sanidad,
formación de cooperativas y distribución de alimentos
subvencionados que han llevado por primera vez estos recursos a
millones de ciudadanos. Un populismo, cuestionado desde elevados
templos morales dentro y fuera de Venezuela, que está usando
la renta petrolera para llevar los primeros rudimentos del Estado
social al pueblo venezolano. La incapacidad de hacer una política
diferente con el aparato del Estado heredado ha llevado a la reinvención
de un sector público no estatal, donde las relaciones entre
el Estado, el mercado y una sociedad civil progresista y atenta
son constantemente reformuladas. De hecho, las misiones son un tipo
peculiar de gasto social gestionado no por funcionarios sino directamente
por l a sociedad civil (el elemento más real de la llamada
democracia protagónica). Mientras el sistema de partidos
sigue en Venezuela en barbecho -incluido el Movimiento V República
que sostiene al Presidente Chávez- el movimiento social,
muy activo, es la columna vertebral de esa reinvención del
Estado que se observa en Venezuela.
La falta de protocolos de comportamiento - hay que insistir: tanto
el Estado como el sistema de partidos están en reconstrucción-
lleva a menudo a modos de operar intuitivos sobre la base del ensayo
y el error, donde destaca una masiva presencia del peculiar ejército
venezolano llamado a suplir esas carencias. Sólo entendiéndose
la llamada unidad cívico-militar puede procesarse esa tarea
reservada al ejército. Los observadores internacionales pudimos
constatar cómo la presencia de responsables militares era
una garantía de cumplimiento constitucional en todos los
lugares conflictivos que visitamos.
Sin embargo, el ejército no es el mejor lugar para seleccionar
los cuadros de la administración del Estado, de la misma
manera que las facultades de administración pública
o de ciencias políticas no serían los lugares adecuados
para formar élites militares. Tanto el funcionamiento sobre
la base del ensayo y el error como la desertización de cuadros
resultante de la profunda corrupción de la IV República,
generan contradicciones, demoras, malos usos de los recursos, errores
debidos a malas conceptualizaciones, improvisaciones, al igual que
énfasis cuestionables respecto de fines y medios alentados.
Es aquí donde se articulará una nueva oposición
que, cuando actúe dentro de las nuevas reglas de juego, entrará
a formar parte del juego político con posibilidades reales
de incidir en el proceso.
La oposición obscena
Como le ocurrió en España
a la oposición franquista a la muerte del dictador, a la
dirigencia opositora venezolana aun le falta entender que la IV
República pertenece al pasado. Sólo cuando esto se
asuma, surgirá una oposición dentro del nuevo régimen
que, como ocurrió con el Partido Popular tras dejar atrás
los resabios franquistas, puede incluso llegar a ganar elecciones
con mayoría absoluta a través de un discurso y una
práctica renovados. La vía insurreccional, planteada
desde diferentes sectores minoritarios, carece de base social, de
manera que los hechos de violencia política, en una sociedad
sin razones para guerra civil alguna, son mero terrorismo. Y no
deja de ser sorprendente que antiguos Presidentes de Venezuela hagan
llamados al terrorismo y no sean desmentidos por sus amigos europeos
por otro lado, supuestamente comprometidos en la lucha contra el
terror. Como en otras ocasiones, si robas con un barco eres un pirata
y si lo haces con una flota, un emperador.
Esto no implica que el malestar de muchos venezolanos no sea real,
si bien sus razones difícilmente pueden asumirse desde principios
democráticos. Una buena parte de esos cuatro millones de
personas que han votado contra el Presidente Chávez expresan
la misma sensación que tendrían algunos europeos si
de pronto millones de inmigrantes, hasta el momento invisibles,
ocuparan sus calles, sus tiendas, sus cines y teatros, sus parques
y sus recursos públicos. Con la pequeña diferencia
de que en Venezuela no se trata de inmigrantes, sino de ciudadanos
que no solamente poseen los mismos derechos sino que traen en la
agenda política una deuda social atrasada que quieren cobrar
con urgencia. Una deuda que nunca pareció importar a los
que hoy prefieren una Venezuela rota antes que una Venezuela chavista.
Pero si los xenófobos tendrían dificultades para explicar
su postura ¿qué posibilidades les cabe a los que quieren
negar a sus propios compatriotas los mismos beneficios que a ellos
les asiste de vivir en sociedad? Una parte de Venezuela vive encerrada
en la cárcel de sus palabras. Para ellos, sólo existe
la Venezuela que refleja su cotidianeidad. Por eso han sido incapaces
de entender que aunque el Si haya ganado abrumadoramente en las
laderas de San Ignacio, lo mismo le ha ocurrido al No en Catia,
en Petare o en el 23 de enero. Aún no entienden que Caracas
no es todo Venezuela, que Porlamar no es todo Margarita ni Valencia
todo Barquisimeto. Ni siquiera el Este de la capital es igual al
Norte, al Sur o al Oeste donde nunca han llegado la prosperidad
ni los beneficios del petróleo. Mientras que la Venezuela
rica desplegaba sus carteles del Si en el glamour de las televisiones,
un país interior silencioso desplegaba su manto de carteles
rojos c on el No adornando las humildes fachadas de los ranchitos.
Una Venezuela no menos real pero que desaparece del ángulo
de visión de los venezolanos en el extranjero, convencidos
de que su país es el que le muestran los medios de comunicación
y el círculo autoreferenciado en el que se mueven.
El grado de incomprensión del país real por parte
de algunos venezolanos es proverbial. En "Reflexiones desde
mi depresión", el columnista Adolfo P. Salguerio, del
diario "El Universal" , preguntaba sin ironía a
sus lectores si, tras la derrota, se iban a mudar a Florida. Como
si esa emigración de lujo estuviera al alcance de cualquier
bolsillo. La globalización neoliberal no es simplemente un
problema del Norte contra el Sur. Es un problema de las élites
del Norte y del Sur contra los globalizados de todos los países.
Mientras esperábamos en una
terminal del aeropuerto de Maiquetía al avión militar
que nos llevaría al Estado de Anzoátegui, donde nos
correspondía realizar la observación electoral, tuvimos
la ocasión de hablar con catorce personas que habían
llegado desde Miami en tres jets privados para votar. De ellas,
sólo una dudaba de la victoria del Sí, aún
impresionada por la movilización del chavismo en la manifestación
de la semana anterior en Caracas. Todos los demás insistían
en que no conocían a nadie que fuera a votar No. Y en un
silogismo imposible, eso significaba que el Sí tenía
asegurada la victoria. El día anterior, un profesor de la
Universidad Central de Venezuela se esforzaba en hacérmelo
entender: "¡Esto es una dictadura!" Cuando le pregunté
que cómo es que en esa dictadura había partidos políticos
y elecciones, que cómo era posible que el grueso de los medios
de comunicación estuviera en manos de la oposición,
que cómo se explicaba que l os empresarios podían
hacer paros patronales sin ir a la cárcel o, sorprendentemente,
que se podía insultardiariamente al Presidente del Gobierno
sin represalias. Y siguió guardando silencio cuando le interrogué
acerca de la falta de libertad en un país donde los Ministros
se sometías constantemente a ruedas de prensa o donde, en
definitiva, él podía decir en cualquier medio que
vivía en una dictadura.
En Anzoátegui, llegamos directamente desde el aeropuerto
a Barcelona, sede del Consejo Nacional Electoral Regional, donde
sorpresivamente un gran gentío iba agolpándose en
la puerta. Varios cientos de personas, coreando consignas del chavismo,
exigían su derecho al voto. El Gobierno, su Gobierno, les
había dejado, por un error de información, fuera de
juego. Tenían el documento electoral con el colegio que les
correspondía y, sin embargo, al ir a ejercer el voto no aparecían
en ese centro sino en otros lugares de votación a muchos
kilómetros de distancia. "Queremos votar", gritaban
sin cesar. La inmensa mayoría se había levantado a
las tres de la madrugada del domingo (los seguidores del Presidente
hicieron sonar por todos los pueblos y ciudades una diana a esa
hora para que la gente se pusiera en marcha) y la práctica
totalidad había hecho su trayectoria a pie para cumplir con
su derecho al voto. Nos sorprendía a los observadores españoles,
después de la triste participación en las elecciones
al Parlamento Europeo, tanto deseo de votar por todas partes.
Muchas personas, con la humildad cosida a su ropa vieja, pedían
a los observadores ayuda para que su derecho pudiera ser ejercido.
Pero sólo éramos observadores. Algunos jóvenes
que votaban por vez primera gritaban que nadie les iba a quitar
ese derecho. Ancianas que acababan de aprender a leer nos enseñaban
la hoja arrugada, sudada por las horas de caminata, donde aparecía
el colegio fantasma que les habían asignado. Gente con la
rabia en el rostro repetía que el pasado no iba a regresar.
Cómo no acordarse de Walter Benjamín, pidiendo memoria
para los orígenes revolucionarios del voto con el fin de
evitar la degeneración de los Parlamentos. Sobre el polvo
y el sol de Anzoátegui, al igual que en los cuatro puntos
cardinales del país, el voto se vivió como lo que
es y Europa ha olvidado: uno de los pasos esenciales del proceso
emancipador de la Ilustración.
Un corolario psicoanalítico
y bolivariano
Qué duda cabe que los cuatro millones de votos obtenidos
por la oposición son muchos votos. Pero seis millones son
más. Es una simple cuestión de aritmética,
aunque ahí no se agote el problema. Escribió Lacan
que "El loco no es sólo un mendigo que cree ser un rey;
también es un rey que cree ser un rey. La locura representa
la eliminación de la distancia entre lo simbólico
y lo real". El símbolo exclusivo de una Venezuela blanca,
europea, pudiente y cultivada sólo existe en los medios de
comunicación. Es hora de que esa inmensa minoría que
perdió las elecciones se enfrente al país real representado
por la inmensa mayoría que ha ratificado en su puesto al
Presidente Chávez. Mejor enfrentar un vacío que agitar
el fantasma de un referente sin contenido. Los vacíos, al
fin y al cabo, son por lo común una oportunidad.
Son más los venezolanos que el domingo fueron a votar caminando
que los que tomaron un avión para ejercer ese derecho. Quizá
convendría recordar las palabras de Simón Bolívar
en su discurso ante el Congreso de Angostura en 1819: "Tengamos
presente que nuestro pueblo no es el europeo."
Juan Carlos Monedero / Español./ Profesor de Ciencia Política
(Universidad Complutense de Madrid). Observador Internacional en
el Referéndum Revocatorio del 15 de agosto en Venezuela.
Fuente: Altercom, comunicación para la libertad. www.altercom.org
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7 de septiembre de 2004
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